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Nota de Prensa

Vida y milagros de una madre de dos hijos adolescentes

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Soy madre de dos hijos que, según la Wikipedia, están en la adolescencia. Y no soy yo quien para llevar la contraria a tan reconocida fuente de información; la Wikipedia constituye la versión digital de la enciclopedia de toda la vida, esa cuyos tomos adornaban la estantería de los salones de cualquier hogar que se preciase de dar una educación completa y seria a los hijos; pero lo cierto es que yo, más bien, me considero madre de dos preadolescentes. Y como desde que soy madre, tiendo a cuestionarlo todo, o mejor dicho, a cuestionármelo casi todo, consulto este término en la referida enciclopedia moderna. Visto el resultado, respiro aliviada. Vale, la Wikipedia me da la razón; bueno, es verdad que me la da de aquella manera porque sitúa la adolescencia “entre los 10 y los 20 años” y la preadolescencia “entre los 10 y los 13 años”, pero me la da. Por tanto, vuelvo a empezar: soy madre de dos hijos, una niña de 12 años y un niño de 13, o sea, madre de dos preadolescentes/adolescentes. Y todo eso así, sin pestañear.

 

Esta confusión de términos, lo arregla pronto la Wiki, autodefiniéndose como “enciclopedia libre”. Lista como ella sola!! A mí, el hecho de que ni la propia cuna del saber moderna tenga clara la etiqueta que hay que poner a mis churumbeles no hace sino ratificarme en algo que a estas alturas ya tengo claro y meridiano: mis hijos están en una edad complicada, tanto que ni los sabios más sabios del planeta se ponen de acuerdo en cómo llamarla… Uf, pues si ni definirlo podemos, de lo demás ni hablamos.

 

Concretando y para comenzar: soy madre de dos hijos en edad difícil, que alternan los lapsos de niñez, en los que demandan mimos y ternura; con momentos en los que se escapan raudos y veloces cuando abro los brazos y busco sus besos. Si a todo eso le añadimos que, además, soy madre trabajadora, la edad difícil de mis hijos se convierte, en ocasiones, en edad imposible. Pero vayamos por partes y empecemos por el principio.

 

“Los hijos te cambian la vida”. Nunca seis palabras cobraron tanto sentido ni se han repetido más a lo largo de los tiempos. Sí, es verdad, te la cambian. Empiezan por modificar tu físico de tal modo que, si no fuese porque también le dan la vuelta a tu mente, no tendríamos capacidad para aceptarlo. De repente, todo es por y para ellos. Lo que tienes y, sobre todo y fundamentalmente, lo que no tienes. Y es precisamente esta última parte, el deseo de darles lo que no tienes ni estás en disposición de tener, al menos de un modo fácil y razonable, la que facilita la entrada de un nuevo personaje en mi vida: el sentimiento de culpa. La culpa y solo la culpa es la que me lleva a someterme a un continuo examen que, irremediablemente, siempre suspendo.

 

La culpa. Sí, fue la culpa la que me llevó a cambiar de vida. Pasé de dedicarme a aquello para lo que me había preparado y formado durante años: el periodismo, a buscar una ocupación que me permitiese tener un horario compatible con la maternidad. Vamos que estaba dispuesta a todo para considerarme una madre “en condiciones”, de esas que solo se dan en las películas, y a veces ni eso. Cambié de vida en la idea de que con ese cambio mis hijos y yo íbamos a formar un tándem perfecto.

 

Pasaré por alto la época de las oposiciones y me situaré directamente en la actualidad. Soy funcionaria, con un horario estable y, sobre todo, con las tardes libres para compartir con mis hijos y formar, cómo era lo que íbamos a formar… ah, sí, un tándem perfecto.

 

Y digo íbamos a formar porque olvidé considerar un pequeño detalle, nimio detalle, apenas insustancial; pero que ha terminado imponiéndose e influyendo sobremanera en el resultado final de lo que yo pretendía iba a ser una ecuación perfecta: mis hijos tienen voluntad propia, ¡vaya si la tienen!

 

Tienen voluntad propia y también su propio ritmo. Y, como no podía ser de otra manera porque entre nosotros hay, en el mejor de los casos, treinta años de diferencia, nuestros ritmos no siempre coinciden. No siempre fue así, por supuesto. Hubo un tiempo, que en ocasiones se me antoja otra vida, en el que íbamos a la par. Había unas normas que ellos y yo respetábamos. Ahora… cada día reescribimos un improvisado guión.

 

Con dos adolescentes la vida es maravillosa… e imprevisible. Llegar hasta aquí no ha sido fácil. Asumir el deseo de independencia inherente a la adolescencia, es complicado, no imposible pero sí difícil. Digamos que ha habido un periodo en el que mis deseos por mantener una niñez que se escapaba me llevaron a protagonizar alguna que otra situación… llamémosla caricaturesca. 

 

Todo empezó, o al menos se hizo evidente ante mis ojos, ese día en el que, de pronto, disimularon su rechazo a mi beso a la salida del cole. La frase “mamá, aquí no” murmurada entre dientes fue definitiva: habían crecido.

 

De pronto tuve que aprender una nueva lección, la de entender que la retahíla de filigranas que había tenido que montarme en el trabajo para, por una vez, llegar a punto a recogerles, no había servido de nada. El carrerón que me había dado por las escaleras del metro para terminar batiendo mi propio record en un inigualable sprint final que me facilitó el estar ahí, sudorosa y con la lengua fuera, pero al fin y al cabo ahí, en la puerta del colegio, solo sirvió para situarme unos pasos detrás de ellos. Sí, esos que iban delante de mí, mochila en ristre, compartiendo risas e historias maravillosas con otros niños; esos que no se giraban para comprobar si yo seguía allí sino que, más bien al contrario, se esforzaban en disimular mi presencia, la presencia de “la pesada de su madre que no les deja ir solos a casa”… Esos eran mis hijos.

 

Y la realidad se impuso y se hizo evidente a mis ojos: MIS niños ya no eran míos. Para ser más exactos ni eran ni míos ni eran niños. Tenían su propia vida, una en la que compartían un anhelo, el de disfrutar de la idea de que iban solos a casa.

 

De acuerdo, cambio de planes. El salto con doble pirueta que di para adaptar mi existencia a la de mis churumbeles, terminaba con un doble tirabuzón en el que ellos elegían ser de “esos niños” a los que nadie recoge en el cole. La vida y su machacona manía de evidenciar los distintos ritmos vitales que llevamos las madres y los hijos.

 

De acuerdo, cambio de planes. No pasa nada. Ahora toca entender que mis hijos están desarrollando una parte de su existencia en la que no es que yo no sea esencial, sino que lo mejor que puedo hacer es mantenerme alejada si pretendo evitar que miren con cara de “que pesadaaaaaaaaaa”.

 

Ya he asumido, porque no me ha quedado otra, que ellos están tan a gusto con sus cosas que salvo necesidad vital no me van a llamar para que les explique un “complicado” concepto matemático ni para que coloree con ellos sobre un papel. Entre otras cosas porque, en el mejor de los casos, ya se han percatado de que los conceptos matemáticos se los explican mejor en clase y, en el peor, ni siquiera se han enterado de que entre las asignaturas también estudian matemáticas. Ellos están en otra cosa.

 

Cuesta, cuesta muchísimo ver que se han hecho autónomos y que no me van a llamar. Sí, es duro, durísimo. Tanto que para sobrellevar las penas he decidido “darme a la lectura”, otras madres en mi situación, sin duda más arriesgadas, se apuntan a un gimnasio.

 

De acuerdo, ya sé que mis hijos no se van a pelear por ver quién es el primero en darme un abrazo y lo tengo más que asumido. Por eso, y solo por eso, durante el trayecto de vuelta a casa imagino lo que se me antoja un plan perfecto. Llegaré a casa, intentaré conseguir darles un beso de “ya he vuelto” en su esquivo cogote y, después, me convertiré en la reina y señora del sofá disfrutando del libro que acabo de comprar porque, ahora sí, tendré tiempo y lo leeré.

 

Antes de terminar de girar la llave en la puerta, mis sentidos me avisan.  Algo me dice que igual, así, de primeras, no voy a poder cumplir mi plan según lo acordado. ¿Premonición? Hombre, yo soy intuitiva, pero en esta ocasión no tengo que tirar de mis recursos. El sonido que traspasa la puerta es suficiente para avisarme de que entre mis dos churumbeles se está librando una batalla campal.

 

Atravesado el umbral, el pálpito se convierte en certeza: mis hijos están discutiendo por lo que a su edad constituye un problema cuasi irresoluble: los dos quieren ver la misma televisión, en el mismo momento pero, y ahí está el quid de la cuestión, en un canal diferente.

 

Con pena y, sobre todo, con nostalgia por saber perdido ese momento de paz que sólo existió en mi imaginación, me quito los zapatos, dejo el bolso y, a su lado, el libro… otra vez será. Ahora, mis hijos, los autónomos, los independientes, me necesitan. Y ahí estoy yo para impartir una solución salomónica y la mar de acertada: barra libre de castigos!! Ellos, por supuesto, se quejan, resoplan, menean sus cabezas, abren mucho los ojos, extienden sus brazos con la palma de la mano también abierta y mueven los hombros de arriba hacia abajo ¡Qué despliegue de gestos para darme a entender que no están de acuerdo con mi decisión!

 

A mí plín, este es mi momento y esta es mi venganza. Diez minutos después ahí estoy yo, con un hijo a cada lado, no he podido evitar que ambos se hayan movido raudos para conseguir zafarse de mi brazo sobre su hombro, pero en el resto no claudico. Como no son capaces de ponerse de acuerdo en qué canal ver, elijo yo. Y como castigo por su “imperdonable” comportamiento, no les queda otra que “disfrutar” de MI serie favorita y, además, conmigo.

 

Sé que es cuestión de tiempo.

 

Sé que las horas en las que van a cumplir “mis improvisados castigos” están contadas.

 

Pero hasta entonces…

 

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